Cada vez más personas se animan a probar suerte en busca de mejores posibilidades de crecimiento, ya sea económico, profesional. Hoy vivimos una realidad que va en aumento con los años. No encontramos inmersos en un mundo globalizado, donde cambiar de país parece tan simple como cambiar de barrio.

Años atrás cuando alguien se iba del país solía ser por ganas de aventura, de vivir experiencias nuevas, aprender un idioma o una buena oferta laboral. No soy experta en el tema, pero durante los últimos años en los que he tenido la oportunidad de viajar y vivir fuera de la comodidad de casa he conocido personas que lleva tiempo trabajando (o intentándolo) en todo tipo de países intentando adaptarse a una cultura o un idioma nuevo desconocido.

Yo soy una inmigrante más. Alguien en busca de nuevas oportunidades y un ambiente diferente. Me queda claro que no cualquiera soportaría la idea de mudarse de país solo. Me he dado cuenta que la inmigración es un tema sensible de hablar en muchos países. Muchas veces no somos bien recibidos, y es normal, sin generalizar hay un porcentaje de inmigrantes que hacen daño, lo cual, afecta moralmente a los demás.

Me gusta destacar que nos pongamos un momento en los zapatos de una persona que dejó su familia. No sabemos que historia hay detrás de cada persona. No cualquiera se atreve a dejar su casa, su familia y salir de su zona de confort. Una vez cruzada esa linea del desapego, es más fácil cambiar constantemente de país. En en un punto del camino nada nos ata. Es de grande aquellos que un día salieron buscando un sueño y también aquellos que se dejaron la vida en el camino.